Detrás de una decisión o elección, siempre hay un motivo más o menos poderoso, que forma parte de una historia.

En el caso de Everama Boutique, no es que tuviéramos mil ideas, alternativas u opciones y nos decantáramos por el Proyecto MamáFima por una cuestión en concreto… más bien, y sin que me pese decirlo, fue una decisión absolutista y arbitraria, que corrió de mi cuenta.

Everama Boutique nace con doble propósito: dar salida a los materiales chulísimos que hacemos para los eventos y que nos quedan en el almacén cogiendo polvo, y recoger fondos para un proyecto al que llevaba y llevo, años dando vueltas.

La demora no ha sido por pereza o por descuido, sino porque las cosas llegan cuando llegan y porque me gusta que las cosas fluyan, ayudándolas y sin olvidarme de ellas ni aparcarlas, pero todo tiene su momento y nunca fui partidaria de forzarlo. Más un proyecto solidario para lo que tienes que haber cubierto primero tus propias necesidades, sino tienes todos lo números de no llegar a nada. ¿Cómo vas ayudar a los demás si el que necesitas más ayuda eres tú?

Guatemala ocupa un lugar muy especial en mi alma. Forma parte de mi desde que se me ocurrió la descabellada y loca idea de marcharme a trabajar allá con 20 años.

Lo más gracioso y curioso… nunca había ido sola en tren ni a Barcelona, ni cogido un autobús más que para ir a la playa en mi ciudad, el primer viaje sola que hice en mi vida fue a Guatemala.

A las 18 quise ir al Amazonas, pero me encontraron demasiado “tiernica”, a los 19 me mandaron a Colombia, tenía la maleta hecha y dos días antes de partir estalló el famoso “Triángulo de Medellín”, así que todo se quedó en una maravillosa fiesta sorpresa de despedida… pero lejos de dejarlo correr, guardé la maleta debajo de la cama… y al cabo de un año me encontraron un nuevo destino: El Centro Nutricional de San José, en Tecultután, Zacapa, Guatemala.

Para ser la primera vez que viajaba  fue todo bastante apoteósico… perdí dos enlaces, me quedé sola en Amsterdam, mi maleta no llegó a Guatemala… en fin, la antesala de mi aventura ya era un aviso de lo que vendría.

Viví durante un año entre monjas capuchinas, novicias, aspirantes, niños pequeños, vaqueros, terratenientes, «canches» y muchísimas personas maravillosas.

Mi principal cometido era cuidar a niños de 0 a 5 años que durante la semana vivían y pernoctaban en el centro nutricional (la única manera de subsistir), ir a buscar niños con riesgo de mal nutrición a las aldeas, enseñar español en el colegio San José y más tarde por cuenta propia, enseñar a leer y escribir al personal del Centro Nutricional. Maravilloso.

Aventuras tengo mil y una… para que os hagáis una idea, me cosieron en la ropa interior una funda para llevar un puñal, que por suerte jamás tuve que utilizar. Sin sustos, actualmete es un país increiblemente seguro, os hablo de hace más de 20 años, creo recordar que se acaba de firmar la paz con las guerrillas, eran tiempos convulsos. Viví cosas que mi alma romántica y aventurera de aún hoy, pensó que sólo pasaban en las películas y novelas… pero todo eso son muchas líneas y letras que ahora no vienen al caso.

La cosa es que creé un vínculo muy especial y duradero con Gilma Mayorga, señora de sociedad que dedicaba, y dedica, todo su tiempo a ayudar a los más necesitados.

Trabajó todos estos años en una asociación que cuidaba de niños y jóvenes con discapacidades varias, gestionada y apoyada por canadienses, pero hace algunos años, la ayuda dejó de llegar por diversos motivos, políticos y demás intereses y se tuvo que cerrar el centro.

Ella, Gilma, marchó a EUA a trabajar para ver si juntaba suficiente dinero para conseguir abrir otro centro de características similares. Pero la cosa no fue del todo bien, porque un trabajo aunque sea en los EUA, no da para ahorrar para un proyecto y para cuidar de una familia.

Hace tres años, después de 20 años sin ir a Guatemala, viajé con mi marido, hija y una pareja de amigos.
Tuve el placer de enseñarles la tierra que tanto amo y que tan bien conozco, viajando con ellos por todo el país, para acabar compartiendo la, quizás, parte más íntima de mi vida, pasando dos semanas en Teculután, con mi familiar de allá. Alucinante.

Fue entonces, con el reencuentro, la perspectiva de la distancia, la madurez que da la vida de currante, y demás cosas que trae la edad 😉 que comenzamos a ultimar lo que podría ser el proyecto MAMÁFIMA: un centro de día en que niños y jóvenes con discapacidades físicas e intelectuales con riesgo de inclusión social (eufemismo total, creedme) podrían ir a pasar el día, aprender, trabajar realizando artesanía, y comer al menos una vez al día.

Un par de amigos de Gilma dedicados por completo al tedioso y burocrático mundo de las ayudas, ong, asociaciones, fundaciones y demás… elaboraron un dossier muy completo de las necesidades y características que tendría el centro y me lo mandaron para ver si podía ponerme manos a la obra y ayudar.

De esto han pasado dos años, en los que muy a mi pesar, no he podido ni he sabido como conducir el proyecto ni como ayudarlos, pero de repente todo se puso en su sitio y las cosas fluyeron solas para dar a luz un sistema que nos ayudaba a todos, circular, como el sol que brilla con fuerza y esperanza en mi querido Teculután 😉

Ahora sólo queda luchar para hacerlo llegar, con el mismo cariño que yo siento, a todos vosotros y pediros que aportéis, que miréis, que preguntéis, que os intereséis por cómo lo hacemos y como llevaremos a cabo este proyecto que sólo verá la luz cuando consigamos reunir lo necesario.

¡¡Gracias!!

Os dejo un pequeño compendio de fotos del Porqué 🙂